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La Gracia: Camino para santificarse

Domingo 4 de Octubre del 2015
XIX Domingo Después de Pentecostés

Lecturas:  Efesios 4:23-28; Salmo 140:2
Salmo 104:1;  San Mateo 22:1.14


Muy queridos hermanos en el Señor.

Hoy en este mes de Octubre, además de celebrarse el mes de las Misiones, tenemos también otro acontecimiento importante a nivel de Iglesia: “El Sínodo de los Obispos sobre la familia.  Queridos hermanos, un aspecto importante de la esencia de la Iglesia, es que ésta es misionera; todo miembro de la Iglesia se encuentre en el estado que se encuentre debe ser misionero; pero qué significa ser misionero?  Cuál es la labor del misionero?, ciertamente la labor del misionero es:  Cristificar al mundo, es implantar el Reino de Cristo en el mundo, por eso muy sabiamente en el calendario tradicional de la Iglesia se tiene que el último domingo de Octubre se celebra la Solemnidad de Jesucristo Rey Universal. 

Pero, ¿qué condiciones se requieren para ser misionero?  ¿Quiénes pueden ser misioneros?  Cada uno en su estado propio de vida, qué condición debe cumplir para poder ser misionero?  Evidentemente hermanos, si la misión consiste en implantar el Reino de Cristo, es llevar la vida en Cristo a los demás, pero aquí surge la pregunta que siempre hemos hecho, ¿cómo darle al mundo aquello que no se tiene?, si cada católico no tiene en sí mismo la vida en Cristo, no puede darle al mundo el Reino de Cristo.  Por eso descubramos hoy el mensaje profundísimo, clarísimo, fortísimo y urgente que nos da la Palabra que se acaba de proclamar tanto en la carta de  Efesios como el Evangelio de Mateo.  ¿A qué se refiere  en realidad estas lecturas en el fondo de las mismas? Se  refieren precisamente a la Gracia, la Gracia de Dios.  Queridos hermanos, tratemos de recordar y tratemos de ser conscientes de la importancia de la Gracia de Dios en el alma del ser humano, en el ser humano, en el ser integral del ser humano, no sólo en el alma sino en el espíritu, en el cuerpo, en la mente, en el corazón, en la persona humana debe reinar la Gracia de Dios, y que nos revistamos del hombre nuevo, o sea convertirse, es dejarse transformarse en Cristo, y esa es la acción de la Gracia, transformarnos en Cristo, eso es lo que tenemos que vivir.

Ahora bien, queridos hermanos, según lo que nos enseña  el Señor en el Evangelio de hoy, en este Evangelio de la parábola de las bodas del hijo del rey; podemos descubrir una enseñanza importantísima, es una verdadera catequesis sobre la Gracia. He de referirme a dos tipos de Gracia, y que son absolutamente necesarias, primero la Gracia Santificante:  Es aquella gracia que se recibe en el Sacramento del Bautismo, la Gracia que nos hace hijos de Dios en Cristo, herederos del Reino, coherederos con Cristo del Reino de Dios, y que nos permite precisamente vivir en Cristo, es la Gracia Santificante.   El segundo tipo de Gracia Actual:  Aquella gracia que Dios derrama sobre los bautizados en cada momento, en cada circunstancia, en cada minuto, en cada segundo de la vida, es la Gracia Actual, es la Gracia que Dios nos dá para vivir en santidad, para vivir en Cristo, cada momento y cada circunstancia de nuestra vida, y lastimosamente porque no se tiene esto en cuenta, porque no se está abierto a esto, porque no se está dispuesto a vivir la Gracia Santificante, porque no se está dispuesto a recibir la gracia actual de cada momento, de cada circunstancia por eso se ha perdido la vivencia de la fe... Tenemos que recuperarla, hermanos.  Démonos cuenta de que esto es mucho más serio de lo que muchos pueden pensar, fijémonos bien en algunos detalles de la parábola de las bodas del hijo del rey; porque en realidad queridos hermanos, lo profundo de una celebración como ésta a la que se refiere  el Señor en esta parábola es la semejanza de vivir la Gracia;  el Señor nos invita a todos a vivir ese convite, esa constante experiencia de vivir en Gracia Santificante, pero qué sucede?  Muchos por no cumplir otras condiciones, pierden la Gracia Santificante, y entonces viven esclavos del pecado y cuando pretenden vivir o participar en los Sacramentos de la Iglesia, medios a través de los cuales Dios continua dando su Gracia, se acercan sin las debidas condiciones, como aquel que invitado a las bodas del hijo del rey, llegó sin el vestido nupcial, qué le sucedió?  Fue echado fuera a las tinieblas exteriores, donde será el llanto y el crujir de dientes, o sea el infierno.  

Queridos hermanos, es necesario vivir en Gracia, es necesario rechazar todas las ocasiones que podrían hacernos perder la Gracia Santificante, y es necesario recibir las Gracias Actuales, pero para eso están los dos medios, absolutamente necesarios:  Primeramente, los Sacramentos: el Bautismo viviendo la filiación divina, vivir intensamente el Sacramento de la Confirmación, estar constantemente movidos por el Espíritu Santo, impulsados por el Espíritu Santo a ser fieles a Cristo por encima de todo, a ser fieles a Cristo hasta el riesgo precioso y glorioso del martirio, antes morir que perder a Cristo, gracia especial del Sacramento de la Confirmación, que muchos no valoran; y luego el Sacramento de la Confesión para recuperar la Gracia Santificante si se ha perdido por el pecado grave, o si se ha debilitado por el pecado venial.  Es necesario vivir el Sacramento importantísimo del Santo Sacrificio de la Misa, el Sacrificio de la Eucaristía, vivir la Misa, participar en la Misa, comulgar en la Misa, recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, unirnos al Sacrificio de Cristo, unirnos a Cristo Crucificado, unirnos a Cristo Victimado al recibirle en la Sagrada Comunión durante la Santa Misa, porque solamente así podemos entonces vivir en el Reino de Dios, solamente así, podemos no solamente aumentar sino fortalecer esa vida en Gracia.  

Y luego el otro medio que también lo hemos mencionado muchas veces, pero que últimamente en la relación continúa con los fieles, así como también en la dirección espiritual que doy, en las confesiones que administro, me doy cuenta de que a pesar de haber insistido una  y otra, y otra … y otra vez en este segundo medio que voy a mencionar, no llega a practicarse como debe ser, es la vida de oración, cuántas veces he dicho que todo católico por la  enseñanza de Jesús debe orar todos los días, pero orar no sólo para recibir el perdón de Dios, orar no sólo para dar gracias, orar no sólo para alabar, orar no sólo para cantar, sino que hay que orar contemplando, hay que orar adorando, hay que orar más escuchando al Señor que hablándole al Señor, y hay que orar muy especialmente en las horas de la madrugada, no en la noche cuando se está agotado por el trabajo del día y tiene en la mente todo lo que le sucedió durante el día, sino en aquellas primeras horas de la madrugada cuando uno está fresco y abierto  a la Gracia del Señor, oración en la madrugada, es absolutamente necesaria para poder vivir las veinticuatro horas del día abiertos a esa Gracia Santificante, abiertos a esa Gracia Actual que nos llega cada minuto, cada segundo de nuestra vida, no sea que, cuando lleguemos a participar de los Sacramentos, el Señor nos diga: "¿por qué vienes sin el traje nupcial?", y ¿cuál es ese traje nupcial?  Las virtudes cristianas: La Fe, la Esperanza, la Caridad, la Prudencia, la Sabiduría, la Fortaleza, la Templanza, la Comprensión, la Pureza, la Castidad propia de cada estado de vida, la Ecuanimidad de Espíritu, la Paciencia...  Virtudes Cristianas que solamente se practican como fruto de la acción de la Gracia en el  alma, en la voluntad, en la mente, en el corazón de cada bautizado.

Muchos me dicen,  Padre:   ¡Qué difícil ser puro!  Queridos hermanos, si se viviera la Gracia como fruto de esa vida continua de Sacramentos y de oración la pureza no sería difícil, quien viviendo en la Gracia continúa como fruto de los Sacramentos y de la Oración, más bien, además de tener la pureza, además de vivir la pureza tendría también la fortaleza para dar testimonio de Cristo ante el mundo, aún hasta el martirio. 

Todos estos meses que han pasado, pero muy especialmente en estas semanas, yo me hago una pregunta:  ¿Por qué tiene la Iglesia que realizar un Sínodo sobre la Familia?... Porque los cristianos en general no están viviendo la Gracia, porque los cristianos en general no viven los Sacramentos, porque los cristianos en general no viven la oración como debe vivirse, y por eso no viven la pureza, virtud importantísima en el Matrimonio, el Matrimonio tiene que ser vivido en pureza, hay  una pureza propia de los casados, como también hay una pureza propia de los solteros, como hay una pureza propia de los niños,  como hay una pureza propia de los consagrados, como hay una pureza propia del Sacerdote.  La pureza es una de las virtudes que debe sobresalir en el seno de la Familia, pero no se vive, como no se vive la Fortaleza, porque las Familias no viven los Sacramentos, porque las Familias no viven la oración. 

Propongámonos vivir en Gracia, que nada en el mundo nos haga perder la Gracia, quien realmente ama a Dios no pierde la Gracia, por nada, quien verdaderamente ama a Dios, prefiere tener que apartarse incluso de la familia y amistades, antes que perder a Dios, antes que perder la Gracia.

 Que esta Santa Eucaristía al meternos en el Misterio de Dios, al sumergirnos, al ahogarnos en el Misterio del Hijo de Dios que hecho Hombre se Sacrifica por nosotros en la Cruz, nos dispongamos a vivir en la Gracia, a vivir los Sacramentos, a vivir la Oración, cueste lo que cueste, para que seamos capaces de construir una sociedad verdaderamente cristiana en la cual al finalizar este mes de Octubre y por el resto de la vida, se viva el Reino de Cristo.  Así sea.


Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.


Sólo en Jesús Hostia alcanzamos la Promesa de Dios

DOMINGO 13° DESPUÉS
DE PENTECOSTÉS


23 de Agosto de 2015
Epístola: Gálatas 3:16-22;  Salmo 73:20,19,22;
Salmo 89:1; Evangelio:  San Lucas 17:11-19


Muy Queridos Hermanos todos en Cristo Jesús:

Como lo dice el Apóstol, ciertamente las promesas de Dios se han cumplido y siguen cumpliéndose.  Pero sólo, exclusiva y definitivamente por Jesucristo.  Fuera de Jesucristo no hay participación en esas promesas divinas y eternas.  Solamente viviendo en Jesucristo es el ser humano capaz de participar de las Promesas de Dios.

Y es precisamente cuando los leprosos se encuentran con Jesucristo que quedan curados… Pero qué sucede en esa oportunidad:  Dos aspectos podemos descubrir.  El primero con lo que Jesús les responde de inmediato a los leprosos:  “Id, y mostraos a los sacerdotes” (San Lucas 17:14).  Y con ello el Señor nos permite comprobar el rasgo importantísimo de la Iglesia:  su sacramentalidad, es por los sacramentos que la Iglesia comunica las promesas de Dios en Cristo, y en este caso específico, el Sacramento absolutamente necesario de la Confesión… Reconociéndose cada uno como pecador necesita acercarse a la Confesión Sacramental para recibir la Gracia del Perdón de Dios en Cristo.

Y el segundo aspecto en el hecho de los diez leprosos:  sólo uno regresa a dar gracias y a proclamar la grandeza de Aquel que le ha curado.

Esto me permite y me compromete a insistir en la gran verdad por la cual el Señor se dignó sin mérito alguno de mi parte agregarme al número de sus Sacerdotes:  para que viviéndola anunciara y promoviera esta gran verdad, absolutamente necesaria y urgente en estos momentos que vivimos:  la Gran Verdad de su Presencia en el Sagrario, su Sacrificio en el Altar, su realidad como Alimento de Plenitud.  Verdad que es Fuente, Centro y Cumbre de la vida y misión de la Iglesia y de cada cristiano. 

Hermanos, a lo largo de los años, y ahora lo digo con profundo dolor: he comprobado cada vez más fuertemente cómo Nuestro Señor es olvidado, despreciado, profanado en su realidad en el Sacramento Misterioso del Altar.  Cómo muchos de los que por años han dicho que aman a Jesús en la Eucaristía no han llegado todavía a vivir este Misterio en la plenitud que le es posible a un ser humano.  Y debo aclarar que muchas veces esto no es culpa directa de Ustedes los Fieles Seglares sino que se debe a la poca o ninguna formación correcta que han recibido y/o siguen recibiendo de parte de Pastores que así mismo de pronto han sido mal formados en los Seminarios en donde les han impartido doctrinas desviadas, incorrectas.  Consecuencias de esto podríamos señalar muchas,  unas más graves que otras, y que de pronto podríamos descubrirlas entre Ustedes mismos…  Por ejemplo:  No hacer la genuflexión al pasar delante del Sagrario, o no dirigirse directa e inmediatamente después de ingresar a un Templo hacia el Sagrario para saludar y adorar al Señor a Quien prácticamente se le mantiene en el olvido, sino que se dedican a saludar a los presentes, el hecho de dar a seglares funciones litúrgicas que son exclusivas del Sacerdote como las Lecturas de la Palabra de Dios, o la misma preparación del Altar al momento del Ofertorio, el hecho de que el Sacerdote se coloque de espaldas a Dios, la distribución de la Sagrada Comunión en la mano, los cambios, supresiones y/o añadiduras que se realizan sin haber sido aprobadas ni por la Autoridad Eclesiástica correspondiente ni mucho menos indicadas por Dios ni antes ni después de Nuestro Señor Jesucristo… Cuando a muchos se les habla de Jesús Eucaristía, de Jesús Hostia, de Jesús Oblacionado, o no entienden, o no prestan atención, o cambian de conversación.  Jesús Hostia sigue siendo desconocido, despreciado.  Pero quiero señalar en este momento de manera muy especial el ambiente en que sucede todo esto y mucho más que se podría señalar de manera  muy concreta.

¡¡¡Jesús sigue siendo desconocido, olvidado, despreciado, profanado en la Sagrada Eucaristía¡¡¡

¿Qué sucedió con los diez leprosos que el Señor curó?  Sólo uno regresó… ¿y a qué regresó?  No regresó a pedir más favores, ni más curaciones ni para él ni para nadie más…  Regresó a dar gracias… ¿y de qué manera?  ¿a escondidas y en privado?  No, sino a grandes voces y postrándose delante de Jesús…  ¿Y quién era?  ¿Uno de los Apóstoles u otro que ya conocía y seguía a Jesús?  ¿O alguien importante en el pueblo judío?  ¿O bien otro judío creyente, supuestamente practicante de la fe judía?   No, sino que era un samaritano, de los que eran tenidos por los judíos como pecadores y enemigos suyos, por tanto fue alguien que sin cobardías de ningún tipo rompió con todo temor de ser rechazado por quienes rodeaban a Jesús, rompió con los respetos humanos y públicamente, en voz alta dio gracias y se postró para adorar a Jesús.

Lo anterior nos permite que nos preguntemos, no sólo en general sino cada uno a sí mismo:   “En mi vivencia de la Fe,  ¿a quién busco?   ¿Busco a Dios?...  Pero… ¿a cuál Dios busco en verdad?   ¿ O busco a quien es el único que me puede llevar al Dios único y verdadero, al único que ha podido decir:  “Yo soy el camino,… nadie va al Padre sino por mí”, (cf. San Juan 14:6) Jesús en persona?   ¿Busco a Jesús en persona?   ¿Y lo busco en donde ÉL me espera, el Sagrario y el Altar?   ¿Y me postro de rodillas ante ÉL en el Sagrario, ante ÉL durante la Consagración, ante ÉL para recibirle en la Sagrada Comunión?   ¿Y con qué finalidad concreta le recibo en la Sagrada Comunión?  ¿Le recibo para que ÉL me perdone, me ilumine, me fortalezca, me sane a mí y/o a otra persona?  ¿o por alguna otra necesidad?  Si es así, no digamos que estamos comulgando a Jesús Hostia, sino que estamos comulgando a Jesús como Alimento Divino, o como Alimento de Vida Eterna, pero nada más.

Entonces, preguntémonos hoy:  ¿Qué hemos de entender cuando decimos  “Jesús Hostia”?  La palabra hostia hace referencia a la ofrenda que se entrega, por tanto la oblación que se realiza como sacrificio.  Por tanto cuando decimos “Jesús Hostia” hemos de tener muy presente la entrega que Jesús realiza de sí mismo en la Cruz y que se renueva cada vez sobre el Altar en la Santa Misa,  es por tanto la Oblación Perfecta que Jesús continua realizando perpetuamente de sí mismo a la Justicia del Padre.  Entonces, cuando participamos en la Santa Misa, no ha de ser sólo para recibir sus dones, ni sólo para recibir su perdón, sino que hemos de recibirle así como ÉL se entrega, como “Hostia”, como “Oblación”.

No nos acerquemos a Jesús en la Santa Misa, en la Sagrada Comunión como los nueve leprosos sólo para recibir sus favores sin regresar, y después en nuestra vida concreta olvidarnos de ÉL, o para ocultar nuestra Fe por cobardía o por intereses oscuros, sino como el samaritano que sí regresó sin miedos ni intereses, para que al recibirle en la misma disposición que le recibió María Santísima, de cumplimiento de la Voluntad de Dios, en la misma disposición del Apóstol San Pablo de total entrega y trabajo por su reino en las almas, también nosotros lleguemos a ser como María Santísima “Sagrarios vivientes”, como San Pablo lleguemos a ser “sus Fieles hostia”, capaces de proclamar e implantar el Reino de Cristo a nuestro alrededor, en la Iglesia y la sociedad.

Y así seamos capaces de entender y vivir lo que precisamente dice a ese respecto San Pablo, y me permito recordar una vez más como verdadero, maravilloso y gozoso plan de vida:

“Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional”  (Romanos 12:1).   Por tanto, todos y cada uno de nosotros, seamos hostias vivas en Jesús y ofrezcámonos en y con ÉL en su Santo Sacrificio de la Misa, proyectando luego esa hostificación a todas las circunstancias de toda nuestra vida, tanto en lo privado como en lo público, en lo familiar como en lo religioso, en lo eclesial, lo cultural, lo educativo, lo social, en lo deportivo, en lo profesional, en lo económico, en lo político.

Pero en este momento histórico que nos toca vivir no podemos olvidar la segunda parte de lo que dice San Pablo: 

“Que no os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta.”  (Romanos 12:2)   Porque si somo en todo “Fieles Hostia”, no podemos vivir según los criterios del mundo pagano corrupto e hipócrita en el que estamos pero del cual no podemos ser partícipes, sino que por lo contrario en dicho mundo hemos de ser “Hostia”, “Oblación”, dispuestos a todo por Jesús, incluso si fuera necesario y así lo dispone Dios, a dar la vida por el Nombre de Jesús Hostia, Jesús Oblación Perfecta.  Así sea.

Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.

San Pedro y San Pablo

SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES
SAN PEDRO Y SAN PABLO

Domingo 29 de Junio de 2014

                Vigilia: Hechos 3: 1-10; Salmo 18: 5 y 2; S. Juan 21: 15-19;

                           Solemnidad: Hechos 12: 1-11; Salmo 44: 17-18;
                                              San Mateo 16: 13-19;
                                             
                                       Conmemoración de San Pablo: Gálatas 2: 8-9; I Cor. 15: 10;
                                                                                               San Mateo 10: 16-22



Santo Papa  León XIII
Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:
Ustedes podrán recordar los temas que el Señor nos permitió tratar el Domingo anterior.  Pues bien, en esta solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y fundamentados en el relato bíblico y en la historia de las primeras comunidades eclesiales por lo que ellos vivieron desde su realidad personal, pero también desde la realidad eclesial en que la Providencia del Señor mismo les colocó, podemos continuar profundizando en lo que ha de ser nuestra propia experiencia de Jesús.
Ciertamente al analizar tanto a San Pedro como a San Pablo, descubrimos su fidelidad radical a Jesús, ante todo como una persona, la de cada apóstol, que es fiel a la persona del “Otro”, la de Jesús.  Pero debemos descubrir y comprender en toda su seriedad una característica de esa fidelidad a Jesús: son personalmente fieles a Jesús como miembros de la Iglesia.  Aman a Jesús, pero también aman y son fieles a la Iglesia, de la que se saben responsables.  Y aunque en algunas circunstancias tienen opiniones diferentes entre ellos, por su fidelidad a Jesús y al Cuerpo de la Iglesia, en apertura total y sincera a las mociones del Espíritu Santo, llegan a la verdad doctrinal, litúrgica, vivencial que comunican a los demás discípulos que se van sumando a la comunidad eclesial, quienes les siguen no por ellos sino por Jesús a quienes ellos representan sirviendo desde la oración, la liturgia y la enseñanza.
Y todo eso constituye una enseñanza muy oportuna para nosotros, por las circunstancias actuales en las que debemos amar a Jesús, servir a Jesús, promover a Jesús, defender a Jesús, morir por Jesús.  Y creo necesario aclarar algo muy importante sobre esto que acabo de decir:  morir por Jesús, ya que debemos estar dispuestos a ello.  Morir a Jesús implica dos niveles:  un primer nivel es la muerte a nosotros mismos para lograr transformarnos realmente en Jesús, en lo que tanto venimos insistiendo desde hace tiempo; y un segundo nivel, que implica el estar dispuestos, en fidelidad radical, si fuera necesario a dar verdaderamente nuestra vida por Jesús en el martirio como miembros fieles de la única y verdadera Iglesia.
Insisto: amar eclesialmente a Jesús, servir eclesialmente a Jesús, promover eclesialmente a Jesús, defender eclesialmente a Jesús, morir eclesialmente por Jesús.  Y todo ello en las circunstancias tan complejas que nos toca ser eclesialmente cristianos.
Pero esa eclesialidad nos lleva a recordar dos aspectos importantes de la Iglesia: el primero es aquel en el que nos ha tocado insistir a tiempo y a destiempo, o sea que la Iglesia no debe preocuparse por sí misma sino por implantar en sí misma y en el mundo el Reino de Jesús Hostia, el Reino Litúrgico – Eucarístico de Jesús Hostia.  Y el segundo aspecto es el hecho de que como Iglesia instituida por Jesús sobre el fundamento de los Apóstoles, es esencialmente Jerárquica.  Lo cual tiene una implicación muy importante para la Iglesia de hoy en todo el mundo: unión, sumisión, fidelidad al magisterio del Sumo Pontífice, no solamente pero sí especialmente hoy por ser esta fiesta de San Pedro la fiesta de su sucesor el Papa.  Aunque se están dando ciertas circunstancias en las que especialmente por la influencia de los medios de comunicación social no se le entiende ni interpreta correctamente, así como oramos por el Papa Emérito Benedicto XVI y tratamos de escucharle, oremos por S.S. el Papa Francisco, escuchémosle y acompañémosle en su entrega eclesial por el Reino de Jesús Hostia.  San Pablo concretamente en algunos momentos incluso llegó a llamarle la atención a San Pedro sobre algunas actitudes no muy claras.  Y San Pedro en sus cartas reconoce la profundidad de doctrina de San Pablo.  Y los dos terminan dando su vida en el martirio en la misma ciudad de Roma, sellando y fortaleciendo así como hermanos en la fe la experiencia de Jesús, Camino, Verdad y Vida, desde Roma, para todo el mundo.  Así, decir “Pedro”,  “Benedicto XVI”, “Francisco”, es decir “Sumo Pontífice”, y decir “Sumo Pontífice” es decir “Roma”, y decir “Roma” es decir “Iglesia de Jesús”, como también lo dijo San Juan Pablo II en su última Exhortación Apostólica.  Y debemos concluir que quien pretenda vivir la Liturgia separado de Roma, se equivoca, o es un lobo con piel de oveja.
Por ello, contra Roma nunca, por Roma nunca, con la Roma fiel por Jesús, siempre.  Con Roma por Jesús nos oblacionamos.  Con Roma por Jesús si fuera necesario, hasta el martirio.


Pbro. José Pablo de Jesús Tamayo Rodríguez, o.c.e.

Corazón de Jesús, Tesoro de Dios

                        SOLEMNIDAD  DEL
                SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Viernes 27 de Junio de 2014

Efesios 3: 8-19; Salmo 24: 8-9;
San Mateo 11: 29; San Juan 19: 31-37





Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:


Considero que hoy hemos de insistir en algo que acabamos de escuchar de parte del Apóstol San Juan:  “Mirarán al que traspasaron”, citando al Profeta Zacarías:  “En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito.”  (Zacarías 12: 10).

Antiguamente era abundante la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.  Hoy se ha perdido, y debemos recuperarla, ya que es sumamente importante, fructífera en una vida auténticamente cristiana y eucarística.

Pero, ¿En qué sentido hemos de recuperar esta devoción, que más bien debiéramos calificar como central, no como simple devoción, en la vida tanto de cada cristiano como de toda la Iglesia?  Ciertamente que no ha de ser sólo en el sentido de una Fe interesada, centrada en el temporalismo del ser humano, sino que ha de ser en el sentido de la Fe vivencial que nos permite experimentar la plenitud que sólo se encuentra en Cristo.  O sea que hemos de recuperar la experiencia del Corazón de Cristo centrados precisamente, totalmente en Jesús Hostia.

Por eso hemos de volver a escuchar:  “Mirarán al que traspasaron”.  Es una verdadera e insistente invitación del Espíritu del Señor para que nosotros lo hagamos, ahora, cada día, siempre, durante nuestra oración personal ante Jesús en el Sagrario y el Crucifijo del Altar, durante la Santa Misa en la Consagración así como al momento de recibirle en la Sagrada Comunión, en cada momento del día cuando tomamos en nuestra mano nuestro crucifijo que llevamos siempre con nosotros y/o cuando vemos el Crucifijo de nuestras casas y/o en cualquier otro lugar donde se encuentre.

“Mirar al Traspasado”…  ¿Para qué?  Vuelvo a repetir algo muy necesario:  Para, olvidándonos de nosotros mismos y de lo puramente material y pasajero, centrarnos radicalmente, totalmente en el Corazón de Jesús Traspasado no sólo por la lanza del soldado, sino por su Amor Infinito al Padre Celestial, ofendido por nuestros pecados, Traspasado por su Amor Infinito a cada uno de nosotros, heridos, débiles, enfermos, muertos por nuestros propios pecados.  ÉL anhela desagraviar al Padre Celestial, anhela cargar todos nuestros pecados para atraer sobre nosotros la Misericordia Transformante del Padre Celestial.

Además, acabo de insinuar otro detalle importante, fruto de nuestra mirada al Traspasado de la Cruz:  atrae sobre nosotros la Misericordia Transformante del Padre.  ¿Qué doy a entender con esto?  Con esto les recuerdo lo que en otras ocasiones hemos dicho sobre la Misericordia de Dios:  no es sólo perdón, sino que además es purificación, es pureza, es sabiduría, es prudencia, es fortaleza para el alma que experimentando la Misericordia de Dios, se convierte, se arrepiente, se transforma en verdadero discípulo de Jesús, que progresivamente irá aumentando y profundizando su conocimiento de Jesús, y descubrirá lo importante y necesario de aceptar también la invitación que Jesús mismo nos hace cuando le dice al Apóstol Tomás:  “Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (S. Juan 20: 27), para sumergirnos totalmente en la vida misma de Jesús. 

Así lograremos aquello que también nos ofrece el Señor por su Apóstol Pablo:  la anchura, la longitud, la altura, la profundidad del Misterio de Cristo del que podremos participar si no nos contentamos con mirarlo, sino que nos sumergimos en el Océano Infinito de su Vida con el Padre y el Espíritu Santo.   Miremos a Jesús Traspasado en la Cruz, miremos a Jesús Traspasado en la Sagrada Hostia, contemplemos a Jesús en su Oblación… Hagámonos uno en ÉL Traspasado, dejémonos transformar en ÉL al contemplar su Divino Corazón Traspasado, al contemplar sus pies traspasados, sus manos traspasadas, su cabeza traspasada.  Así, permitamos que su Santo Espíritu actúe en nosotros, en nuestras vidas. 

Vivamos ya no para el mundo, vivamos para Jesús, vivamos en Jesús… Proyectemos la vida en Jesús a todo nuestro alrededor, comuniquemos la vida en Jesús a todos aquellos con quienes debemos relacionarnos sea cual sea la circunstancia de cada momento y lugar.  ¿Qué mejor acto de caridad podremos hacer en esta tierra que el “Mirar al traspasado”?  ¿Qué mejor acto de caridad que invitar al prójimo a que “Mire al Traspasado y se deje tocar por ÉL?  Caridad para con Jesús, caridad con nosotros mismos, caridad para con el prójimo…

Jesús merece que le acompañemos, Jesús merece que le miremos, Jesús anhela que mirándole nos sumerjamos en ÉL, Jesús merece que le adoremos y le desagraviemos, Jesús merece que le amemos, Jesús merece que le sirvamos, Jesús merece que le seamos fieles, Jesús merece que seamos sus testigos logrando que muchos también le miren, le adoren, le desagravien, le amen, le sirvan, le sean fieles… Jesús se ha dejado traspasar para entregarse al Padre llevándonos a nosotros con ÉL, se ha dejado traspasar para entregársenos…  Entreguémonos nosotros también a ÉL, no como nos insinúa el mundo, no como nosotros pensamos o quisiéramos, sino como ÉL nos impulsa a hacerlo…  ¿Por qué no incluso en el Sacerdocio al que ÉL puede estar llamando a más de uno?  

Eso es precisamente gran parte de lo que Jesús espera y merece de parte de Opus Cordis Eucharistici, que en estos días que han transcurrido desde Corpus Christi hasta hoy ha celebrado por trigésima segunda vez su Solemnidad Institucional, en la “Oscura Luminosidad del Riesgo de la Fe”, acompañando e imitando a Nuestra Señora del Fiat, a San José, a San Pablo.

No miremos qué nos dará el Corazón de Jesús… Miremos con qué llegamos nosotros a ÉL, miremos cómo lo toma ÉL y cómo lo transforma, y con y como María Santísima habremos de exclamar:



“Engrandece mi alma al Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador
porque ha puesto los ojos
en la humildad de su esclava”
(San Lucas 1: 46-48)


                                                               Y con San Pablo:


“Bendito sea el Dios y Padre
de Nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha… elegido de antemano
para ser sus hijos adoptivos…
para alabanza de la gloria de su gracia
con la que nos agració en el Amado.”
(Efesios 1: 3, 5, 6)



Pbro. José Pablo de Jesús Tamayo Rodríguez, o.c.e.

Experiencia de la Fe, frente al mundo


DOMINGO 2do.  DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
22 de Junio de 2014
I San Juan 3: 13-18;  Salmo 119: 1-2;
 Salmo 7: 2; San Lucas 14: 16-24



Muy Queridos Hermanos en Cristo Jesús:

Hoy la Palabra del Señor nos permite profundizar en dos temas realmente importantes, el primero de los cuales debo mencionarlo, pero por las circunstancias que nos rodean no me centraré en él, para pasar de inmediato al segundo, que considero urgente.

El primer tema sin duda es el amor a todas las personas, especialmente a los hermanos en la fe, lo cual lastimosamente falta mucho hoy día entre los católicos, entre los cuales por lo contrario se ve una gran indiferencia de unos para con otros.  Concretamente aquí en Costa Rica se ve mucho esa indiferencia, solamente aflora el interés por el bien temporal de otros cuando se presentan ciertas calamidades de orden público, y entonces incluso en los medios de comunicación social ensalzan la “solidaridad del pueblo”. 

Pero ante las necesidades comunes de hermanos en la fe, y no hablo sólo de las necesidades temporales sino muy especialmente me refiero a las necesidades morales y espirituales, no se da lo que es realmente cristiano, más allá de una simple solidaridad filantrópica.  Puedo mencionar como ejemplo muy grave la indiferencia tan fuerte en la mayoría de los católicos por las situaciones de pecado en que vive una gran porción del pueblo, muchas veces promovidas por los mismos gobiernos.  Y a esa indiferencia se une la cobardía y el consiguiente silencio para vivir, anunciar y promover una auténtica vida de santidad, la cobardía y el silencio para vivir, anunciar y promover una gozosa y valiente actitud contra las corrientes mundanas del materialismo y el relativismo.  Y esto sólo se superará cuando realmente se renueve la verdadera experiencia de la Fe, la verdadera experiencia de Jesús en todo su Misterio Eucarístico.

Y en cuanto al segundo tema, ya lo hemos mencionado en variadas ocasiones desde hace algún tiempo, pero que va adquiriendo cada día más actualidad en la vida no sólo de la Iglesia en general, sino en la vida de los verdaderos cristianos, aquellos que sí procuramos vivir esa experiencia necesaria, urgente, de Jesús Hostia.  Me refiero a lo que expresa el Apóstol San Juan:  “No os maravilléis si el mundo os aborrece.  Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”  (I San Juan 3: 13).  O sea, el Apóstol hace una relación muy clara entre el primer tema que acabo de señalar, el amor a los hermanos en la fe y lo segundo, a lo que ahora me refiero. 

Quienes en el verdadero discipulado de Jesús Hostia nos interesamos por la salvación y santificación de los hermanos, somos aborrecidos por el mundo.   Sí, hermanos, vivimos en una Iglesia infiltrada por el enemigo del Señor, una Iglesia que, como lo decía S.S. el Papa Francisco el pasado lunes, no es Madre, y “Si la Iglesia no es madre, es feo decir que se vuelve solterona, pero, ¡se vuelve solterona! ¡Es así!: no es fecunda”…  ¿Y qué significará que la Iglesia es solterona?  Pues que es un conjunto de indiferentes, de egoístas, de encerrados en sus comodidades, en sus seguridades, en sus placeres.  Y estos, a los que no somos como ellos, nos aborrecen y ya nos están persiguiendo, en algunos países de manera incluso violenta y sangrienta, y en otros como Costa Rica, de una manera diferente, sutil, engañosa, pero igual de fuerte y dañina para el pueblo en general, que nace, crece, se desarrolla sin una verdadera fe, sin experiencia cierta de Jesús.

No se realiza una verdadera evangelización en Jesús, desde Jesús, hacia Jesús, sino que se realiza una simple pastoral social, de beneficencia social, de justicia social, y cuando se denuncia alguna situación de injusticia, de inmoralidad, se hace en un plano puramente humano, con el mismo ser humano como centro y meta de todo esfuerzo.  No se enseña quién es verdaderamente Jesús, se le presenta como un líder político y social, como un guerrillero, o como un simple servidor/esclavo del ser humano.  No se enseña ni comunica la práctica de una verdadera vida de oración, como tampoco se enseña ni comunica la práctica de las virtudes cristianas, antes al contrario, se rechazan y hacen objeto de burla, por ejemplo la virtud de la pureza.  Se prohíbe el uso público de signos religiosos, incluyendo el rechazo y la burla en relación con la Sotana Eclesiástica y los Hábitos de los y las Consagrados (as), y culminando este breve cuadro, se ha tergiversado y adulterado gravemente la Liturgia con la práctica de abusos graves, profanos y sacrílegos en su celebración hasta el hecho de que en muchas ocasiones se engaña a los fieles especialmente en la Santa Misa por la consagración no válida al cambiar las palabras que han sido decretadas por S.S. el Papa Emérito Benedicto XVI, y se pretende obligar a todos a participar de Liturgias inválidas, así como también a ser tolerantes con el materialismo y el relativismo imperante en los gobiernos y sociedades, así como con la ambigüedad en la presentación de la Doctrina, que lleva a confusiones teológicas y morales, que tienen como una de sus consecuencias el que más de un católico ignorante y débil en la Fe permanezcan en una actitud de quemeimportismo cómodo, egoísta y cobarde, o bien busque otras agrupaciones fuera de la Iglesia Católica.  A este respecto decía precisamente hace dos días S.S. el Papa Francisco:  “La libertad religiosa no es sólo aquella de un pensamiento o de un culto privado –explicó el Papa-. Es libertad de vivir según los principios éticos consecuentes a la verdad encontrada, ya sea privadamente o públicamente. Éste es un gran desafío en el mundo globalizado, donde el pensamiento débil –que es como una enfermedad– disminuye también el nivel ético general, y en nombre de un falso concepto de tolerancia se termina por perseguir a los que defienden la verdad sobre el hombre y sus consecuencias éticas”.  (Vaticano, 20 de Junio, discurso al Congreso Internacional sobre ''La libertad religiosa según el derecho internacional y el conflicto global de los valores'', AciPrensa, 21 de Junio).

Se ocultan las verdaderas directrices de la Santa Sede, o se publican tergiversadas, se permite la llegada al país de líderes lobos con piel de oveja, incluso sacerdotes que han traicionado la Fe, para que impartan sus enseñanzas equívocas y engañosas, mientras a quienes deben y desean comunicar la verdad revelada, incambiable, y la verdadera moral, así como celebrar la Liturgia según lo merece realmente Dios Uno y Trino conforme a los cánones establecidos por la Autoridad Suprema se les obliga a guardar silencio y se les impide toda actividad litúrgica y pastoral públicas.

Y ¿cómo responder, cómo actuar ante esto?:  Por supuesto que de ninguna manera podemos adoptar medidas violentas, ofensivas, engañosas, imprudentes, contrarias al espíritu del Evangelio y a la obediencia debida a la Autoridad Suprema de la Iglesia.  Lo primero que hemos de hacer es vivir la Fe con integridad, con humildad,  testimoniando valientemente la fidelidad a Jesús antes que a la familia, antes que a la Patria, prefiriendo perder los favores del mundo antes que perder a Jesús, prefiriendo incluso la muerte antes que perder el Estado de Gracia, esforzándose por lograr una auténtica vida eucarística con la vivencia diaria de la Santa Misa y la Sagrada Comunión, llegando a la práctica diaria, constante, de la Adoración y el Desagravio, que podría culminar  en la hostificación y oblación de la propia persona y vida de cada uno, así como en unión con lo anterior la necesaria vida de oración, incluyendo la oración por aquellos que estén motivando de una u otra forma toda la persecución contra Jesús y los cristianos para que se conviertan,  como también se hace urgente la autoformación permanente para estar necesaria y correctamente informado sobre la vida de la Iglesia en el mundo sin ser del mundo, aprendiendo lo que es la verdadera obediencia cristiana, que puede traer consigo el tener que desobedecer pacíficamente pero valientemente a cualquiera que pretenda obligar cosas que vayan contra Jesús, contra la Fe, la Esperanza y la Caridad.  Culminando todo lo anterior con la implantación del verdadero espíritu cristiano en todos los ámbitos de la sociedad.  No vivamos según los criterios del mundo, vivamos según los criterios de Jesús, que ÉL sintetizo en su Sermón de las Bienaventuranzas junto con la práctica de las obras de caridad materiales y las espirituales.  Así seremos capaces de imitar a nuestros primeros hermanos en la Fe, con la conciencia y la disposición de que ello podría traernos la gracia inmerecida e inesperada, pero muy posible hoy día, del martirio por Jesús y el establecimiento de su Reino en el universo.

¡Adoremos a Jesús privada y públicamente!  ¡Desagraviemos a Jesús privada y públicamente!  ¡Anunciemos a Jesús con la vida, con la palabra, con los actos, con el paso a la eternidad, en una vida corta o larga, conforme a la Voluntad de Dios, suceda lo que suceda, digan lo que digan.  Jesús ayer, hoy y siempre.

Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.



LA ADORACION, SENDERO A LA OBLACION

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
                                                              
Jueves 19 de Junio de 2014
                                                
                                  1 Corintios 11: 23-29; Salmo 144: 15-16;
                                                                                     San Juan 6: 56-59               


Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy la alegría de la verdadera Iglesia Católica es grande, pero al mismo tiempo debe ser una alegría totalmente diferente a la alegría pasajera y falsa del mundo.  La alegría de la Iglesia, y consecuentemente de cada uno de los Fieles, ha de ser una alegría sumamente profunda… y comprometedora en el sentido del camino de la santidad.   Y ustedes pueden comprenderme por qué lo digo.  Lo digo porque hoy, Jueves después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia Católica celebra la grandiosa e importantísima Solemnidad del Corpus Christi,  Solemnidad de la Eucaristía, Solemnidad de Jesús Hostia…  Solemnidad en la que se nos permite darle a Jesús lo que ÉL merece, adoración, contemplación, apertura a su real acción desde este insondable misterio, para que luego podamos ser y vivir aquello que es más conforme con la Santísima Voluntad del Padre Celestial.
Ahora bien, por la constante relación con los fieles, especialmente en la Confesión y en la dirección espiritual he venido comprobando que en realidad no todos comprenden lo que realmente es la adoración, ya que muchos confunden adoración con oración de petición, petición de perdón, petición de favores divinos en las diversas necesidades temporales como son las familiares, las económicas, las de salud, las de trabajo, y también la confunden fácilmente con la acción de gracias por muchas cosas y situaciones de la vida personal, social, nacional, internacional, comprobando así que el ser humano está encerrado en sí mismo y en lo puramente temporal y social.  Y eso es una de las causas por las que la Iglesia se conceptúa y se ve equivocadamente como “una simple O.N.G.”, triste realidad que S.S. el Papa Francisco volvió a denunciar hace unos tres días, cuando decía:  
 “Los planes pastorales son necesarios, pero no son lo esencial, señaló el lunes el Papa Francisco, al recordar a sacerdotes y  catequistas que los fieles necesitan ver en la Iglesia a una Madre que los acoge con la mirada y la compasión de Jesús y no una ONG”…  “¡Madre! No una ONG bien organizada, con tantos planes pastorales...Tenemos necesidad de ellos, pero no son lo esencial” -dijo el Papa- “son una ‘ayuda’ a la maternidad de la Iglesia”. “Si la Iglesia no es madre, es feo decir que se vuelve solterona, pero, ¡se vuelve solterona! ¡Es así!: no es fecunda”…  “Una nueva mirada que nace del encuentro con Él en este camino de conversión, camino que no es fácil – observó Francisco – porque se trata de “cambiar la vida, cambiar el método y cambiar muchas cosas, también el alma”. “Es este el camino que nos dará la identidad cristiana de un pueblo que ‘sabe generar los hijos’ que es el gran desafío de la Iglesia hoy: ‘ser Madre”.
Debemos entonces llegar a comprender que la verdadera adoración no es nada de eso, ni siquiera planes pastorales que muchas veces se han convertido en simples planes de ayuda social.   La verdadera adoración cristiana, católica es algo mucho más profundo y comprometedor:  es llegar a la Presencia Real,  no sólo espiritual, de Nuestro Señor Jesucristo, ante todo con una actitud de profunda humildad, en reconocimiento de su realidad como Dios y Hombre verdadero, realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las Especies Eucarísticas, como Salvador y Señor;  y consecuentemente con el sentimiento de la más absoluta  ,dependencia del ser humano en relación con ÉL, Único y Verdadero Rey del Universo desde este Misterio de la Eucaristía.  Por tanto, no ha de ser pensando en nosotros ni en las demás personas humanas como hemos de postrarnos ante ÉL, sea en el Sagrario, sea en el Altar del Sacrificio durante la Santa Misa, sea en la Custodia durante las Horas Santas.  Hemos de postrarnos ante ÉL radicalmente, absolutamente centrados con corazón, mente, voluntad, cuerpo y espíritu en ÉL como Nuestro Dios, como nuestro Salvador, como nuestro Señor, y además verdaderamente dispuestos, abiertos no sólo a lo que ÉL nos quiere dar, sino también a lo que ÉL merece de parte nuestra, lo que ÉL tiene derecho de pedirnos, lo que hemos de darle, no sólo de aquello que tenemos, sino sobre todo muy especialmente de lo que somos, o sea una verdadera y constante conversión de corazón, de mente, de voluntad, conversión, cambio de vida. 
Y ello ha de fructificar ampliamente en nuestra vida, pero primeramente en nuestra misma relación con Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.   Así podremos descubrir y experimentar, aunque sea un poquito, lo que Jesús vive realmente en su Misterio Eucarístico, que ha de ser la meta inmediata de una auténtica vida eucarística, que no puede ser considerada jamás como una simple devoción, sino como algo verdaderamente esencial en la vida de todo verdadero cristiano:  vida eucarística, vida eucarística, vida eucarística…
Entonces, ¿qué vive Jesús en la Eucaristía?.  Ya en muchas ocasiones me he referido a esto en dos direcciones:  Jesús en la Eucaristía se entrega a la Gloria del Padre… y Jesús en la Eucaristía se nos entrega a nosotros para darnos vida en plenitud.  Pero ahora debemos continuar profundizando en la comprensión de ello.  Y dicha profundización me permite sintetizar ambas direcciones en una sola realidad que Jesús vive en la Eucaristía:  Jesús es Hostia, y siendo Hostia se oblaciona.  Y quien esto descubre se sentirá impulsado por el Espíritu Santo a vivir exactamente esa oblación que Jesús vive en y desde el Sagrario, en y desde el Altar.  En Jesús, con Jesús, por Jesús, hemos de esforzarnos por llegar a ser también nosotros Oblación para la Gloria del Padre, Oblación para alcanzar las gracias de salvación y santificación para toda la Iglesia, para toda la humanidad.
Tendría que ampliar sobre este asunto de la Oblación que Jesús vive, que nosotros hemos de vivir en y desde el Misterio Eucarístico…  Pero siendo ello demasiado amplio y profundo, continuemos viviendo el esfuerzo por lograrlo progresivamente, con el gozo de conocer la guía preciosa que Jesús mismo nos ha dado en tantas páginas del Evangelio.  Y por ello quiero culminar hoy afirmando que quien vive realmente esta hostificación de su persona, de su vida, de su actividad,  estará viviendo eucarísticamente la preciosa página de las Bienaventuranzas.  Jesús Hostia “es pobre de espíritu”, Jesús Hostia “es manso”, Jesús Hostia “llora” sobre nuestros pecados, Jesús Hostia es “Justo”,  Jesús Hostia “es Misericordioso”, Jesús Hostia “oblaciona su Sagrado y Purísimo Corazón”,  Jesús Hostia “es y entrega Paz”, Jesús Hostia “es perseguido” especialmente por gobiernos materialistas y relativistas, manipulado, mal interpretado directamente tanto en este Augustísimo Sacramento como en sus Miembros los Fieles.  Nosotros hemos de ser también “Almas Hostia pobres de espíritu”, “Almas Hostia en Mansedumbre”, “Almas Hostia capaces de desagraviar por los propios y ajenos pecados”, “Almas Hostia Justos” con Dios y con el prójimo,  “Almas Hostia misericordiosos”,  “Almas Hostia Puros”, “Almas Hostia constructores de paz”,  “Almas Hostia dispuestos a ser perseguidos por causa de Jesús Hostia”.
Por tanto, si adoramos realmente, si adoramos y desagraviamos, así, olvidados de nosotros mismos y de lo puramente material y temporal, sincera, amorosa y valientemente centrados en Jesús Hostia, lograremos establecer su Presencia y Reinado en nosotros y a nuestro alrededor, para llegar a ser “imitadores de Dios, como hijos amados, y caminemos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de fragante y suave olor.”  (Cf. Efesios 5: 1-2)
Adoremos, desagraviemos a Jesús Hostia, seamos oblación en Jesús Hostia Oblativa.


Pbro. José Pablo de Jesús Tamayo Rodríguez, o.c.e.