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Solo en Jesús se ora y se vive la Liturgia

DOMINGO V DESPUÉS DE  PASCUA

Santiago 1:22-27;  Isaías 48:20; Salmo 65: 1-2;San Juan 16: 23-30

 10 / Mayo / 2015

Primera Misa Tradicional en Costa Rica,12 de Mayo 2012 
Bendito sea el Señor,
III Aniversario de Celebración continua
 después de 50 años de no ofrecerse
Pbro. José Pablo de Jesús Tamayo Rodríguez
Iglesia La Merced - San José, Costa Rica

Grandioso  Misterio,  Jesús Sacramentado
que  encierra el Misterio de Cristo Crucificado



Muy queridos hermanos en Cristo:

Precioso,  profundo, transformante, es el Evangelio de hoy.  Y, en cierto aspecto podríamos decir que es como continuación de todo lo que decíamos el Domingo anterior.   El Domingo anterior insistimos en la necesidad de una auténtica vida de Oración, y algunos de los requisitos para que esa vida de oración sea verdaderamente presentada ante el Señor.  Hoy podemos profundizar más en eso.
 
Hermanos, ¿Qué nos dice el Señor?  Que no recibimos porque “no pedimos en su Nombre” , porque no pedimos en el Nombre de Jesús. 

Si Ustedes analizan un poquito las oraciones litúrgicas de la Iglesia, se recordarán que muchas de esas oraciones terminan precisamente diciendo “Por Jesucristo Nuestro Señor”  Y entonces muchos, por no tener suficiente formación religiosa, pueden creer que… basta con decir eso, de labios para fuera, “por Jesucristo Nuestro Señor” y ya, ya estoy pidiendo en el Nombre de Jesucristo, ya Dios Padre me tiene que escuchar, y no es así no más, queridos hermanos.  Recordemos que el concepto filosófico, y teológico, del “nombre” de una persona implica algo sumamente profundo, implica toda la realidad profunda de la persona que tiene ese nombre, y además de eso implica también que si yo menciono el nombre de esa persona, es porque me estoy relacionando profundamente con esa persona. 

Por tanto, cuando Nuestro Señor nos dice que pidamos “en su Nombre” nos está también recordando aquello otro que también decía ÉL en su Oración Sacerdotal:   “Padre, los que Tú me has dado, que estén en mí como Tú y yo somos uno”  (cf. San Juan 17: 11, 20-24)  Esa es la relación que debemos tener con Jesucristo para pedir en su Nombre.  Por tanto, queridos hermanos, nuestra oración, para que sea realmente escuchada por Dios Padre, debe ser una relación continua de fidelidad, de amor, de conocimiento, de profundidad en Jesús, de vivencia en Jesús.  Si tenemos esa relación con Jesús, entonces podemos decirle a Dios Padre: “Te pedimos en el Nombre de Jesús”,  “Te pido en el Nombre de Aquel con quien me estoy relacionando”, “de Aquel en Quien estoy viviendo”,  “de Aquel en Quien estoy viviendo”, “de Aquel en Quien estoy viviendo”.  Lo repito, hermanos, porque es necesario.  Muchas veces hay personas que me dicen, Padre, usted a veces repite muchas cosas… sí, soy consciente de eso, ¿pero saben algo?  Que el repetir algo es una técnica didáctica, la repetición ayuda a comprender. 

Queridos hermanos, vivir en Cristo, vivir en Cristo, vivir en Cristo… si vivo en Cristo, si cada uno de Ustedes vive en Cristo, será escuchado por Dios Padre en su oración.  ¡Y Dios no falla!

Ahora bien, ¿qué significa vivir en Cristo?  Significa muchas cosas, pero lo voy a sintetizar en una sola palabra:  significa “ser Cristo”, significa “ser santo”, significa vivir todo lo que Jesús enseña, significa vivir para ÉL, para Jesús, significa vivir “respirando para Jesús”, significa vivir y hacerlo todo para Jesús, significa que Jesús es Aquel a Quien yo amo de manera total, exclusiva.

Significa que viviendo en Jesús, voy a transmitirle al prójimo la vida en Jesús, no me voy a contentar con darle al prójimo una monedita de limosna, no me voy a contentar con darle al prójimo un bocado de comida, o un vaso de agua, no me voy a contentar con eso, se lo doy, si lo necesita, se lo doy, pero no me contento con eso, le doy la vida en Jesús, porque eso es lo que yo vivo, y si el prójimo me pide algo que yo sé que va a llevar al prójimo al infierno, no se lo doy, sino que le doy lo contrario, lo que le llevará a Jesús.
Por eso, queridos hermanos, es que hoy día no se entiende el verdadero amor cristiano en el mundo actual, porque han confundido el amor con alcahuetería.  Queridos hermanos, no podemos continuar viviendo un catolicismo falso…  Tenemos que tomar una decisión, si verdaderamente estamos viviendo la experiencia de Jesús, si verdaderamente vivimos en Jesús, tenemos que vivir en santidad, tenemos que vivir en la Verdad, tenemos que vivir la Verdad no solamente al momento de asistir a la Santa Misa,  sino que como fruto de asistir a la Santa Misa, vivimos la Verdad también en lo doctrinal, no aceptando las mentiras de las filosofías paganas, no aceptando los sensacionalismos que promueve el mundo, y cuidado con esto que acabo de decir, queridos hermanos, un rato antes de la Misa le comentaba algo de esto a los que llegaron temprano, hermanos, hoy día incluso en la vida cristiana, en la vida de los fieles, y en muchos movimientos supuestamente apostólicos de la Iglesia, se está fomentando el sensacionalismo. 

No estoy en contra de lo que ahora voy a mencionar, lejos de mí estar en contra de eso, pero lo que voy a mencionar ahora, queridos hermanos, no está siendo bien entendido ni bien comprendido por grandes sectores de la Iglesia, tanto sectores del clero como sectores laicales.  ¿A qué me refiero?  Me refiero a apariciones, visiones, mensajes, acciones demoníacas, y entonces comienzan a hablar de una manera casi que exclusiva de exorcismos y cosas por el estilo.  Repito, hermanos, no estoy en contra de eso, ¡lejos de mí estar en contra de eso!, porque eso es verdad, hay apariciones que son verdaderas, y no las podemos negar, hay visiones que son verdaderas, y no las podemos negar, hay mensajes que son verdaderos y no los podemos negar, la posesión demoníaca existe de verdad, las perturbaciones demoníacas existen, las obsesiones demoníacas existen, las opresiones demoníacas existen, pero queridos hermanos, centrarse sólo en esto, ahí está el error. 

Y hay muchos grupos que se están centrando casi exclusivamente en esto, y están desviándose y no están viviendo una auténtica vida en Cristo como debe ser, y prueba de ello es lo siguiente: no hay verdadero fruto de vida cristiana en nuestra sociedad, no hay verdadero fruto de vida cristiana en la Iglesia Católica, no hay santidad en la Iglesia Católica… Queridos hermanos, yo personalmente he tenido que hacer exorcismos, y si un Obispo me vuelve a delegar en la necesidad de un exorcismo, lo hago, pero no estoy centrado en eso, ¿por qué?,  porque eso no es lo más importante, porque el Demonio es muy astuto y precisamente con este sensacionalismo  que hoy día se está dando, de exorcismos, de apariciones, de mensajes, de visiones, el Demonio se está aprovechando para mantener a los Fieles, incluso a algunos Sacerdotes también, en la superficialidad, en la indiferencia y en la ignorancia. 

Queridos hermanos, ¿por qué hay tanto miedo en muchísimos sectores de la Iglesia, tanto del Clero como del Laicado, ¡miedo de hablar de Jesús!... ¿Por qué hay tanto miedo de llevar a los fieles a los pies de Cristo en el Sagrario?   ¿Por qué hay tanto miedo, o tantos intereses creados, que impiden llevar a los Fieles a una auténtica participación en la Santa Misa correctamente celebrada?  Y convierten la Santa Misa en un espectáculo, y convierten la Misa en un banquete, y convierten la Misa en una fiesta de amigos…

¿Por qué engañan a los Fieles con la mentira de que posiblemente se vaya a permitir la Comunión a los divorciados vueltos a casar?  ¡Jamás, eso es pura mentira!  ¡Eso no se podrá dar nunca!  ¿Por qué engañan a los Fieles diciéndoles que talvez se pueda practicar la fecundación in vitro?... La comunión a los Fieles divorciados vueltos a casar es sacrilegio, la fecundación in vitro es pecado grave, gravísimo, una sola fecundación in vitro equivale a varios abortos… Queridos hermanos, ¿cómo es posible que la misma Iglesia se calla ante esto por conmiseración?  La conmiseración, queridos hermanos, es pecado,  es muy diferente la conmiseración a la compasión:  yo me compadezco del prójimo,  ¿pero cómo me compadezco del prójimo?, ¿consolándole en sus problemas?... No, hermanos, me compadezco del prójimo ayudándole a encontrar la Verdad, me compadezco del prójimo sacándole del camino equivocado en que está para ponerle en el camino de Jesús… ¡Eso es verdadera compasión!  No es una conmiseración hipócrita, alcahueta, tolerante.  Y ahí aplico entonces, queridos hermanos, lo que nos decía el Apóstol Santiago al final de su carta de hoy: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones… ¿Qué es visitar?  ¿visitar para tomar te, para tomar cafesito?  ¿visitar para que me den de almorzar?  ¿visitar para participar en un banquete?  No hermanos, visitar, el verdadero concepto cristiano de “una visita”, encontrémoslo en la visita de la Santísima Virgen María a su prima Santa Isabel, ¿a qué fue?:  a ayudarle…  eso es verdadera visita… Visito a un huérfano para encaminarlo en el verdadero camino de Jesús, visito a una viuda para fortalecerla y darle los medios de poder salir adelante en su vida, o para orientarla para que viva la viudez en santidad, no para que viva la viudez en un continuo lamentarse por la muerte del esposo,  eso no es viudez cristiana, viudez cristiana, queridos hermanos, es que la viuda se olvide de sí misma para vivir entonces lo que podríamos llamar el “matrimonio místico con Cristo”. 

Queridos hermanos, ¡¿por qué se callan esas verdades del Evangelio?!  Hermanos, ¡hay que vivir en Jesús!  ¡hay que dejarse transformar por Jesús, y no me voy a dejar transformar en Jesús si estoy en una reunión supuestamente de oración bailoteando y aplaudiendo superficialmente como hacen ciertos grupos supuestamente católicos.  Me dejaré transformar en Jesús si en una total intimidad me postro ante ÉL en silencio, y en silencio no sólo externo, sino en silencio también interno, no convirtiendo la oración en una simple presentación de lo que yo creo que son mis necesidades… Por eso dice Jesús en el Evangelio “Pedis y no recibis porque no sabéis pedir”  (cf. San Mateo 21:21-22), pedimos lo que nos interesa a nosotros, pero nunca pedimos lo que Jesús quiere que pidamos, porque lo que Jesús quiere es lo que sí necesitamos. 

Muy queridos hermanos, si vivimos unidos a Jesús, si vivimos en Jesús, seremos entonces capaces de postrarnos ante ÉL y decirle:  “Jesús, cumple en mí tu Voluntad”… Es la mejor petición que le podemos hacer al Señor, a imitación y en compañía de la Santísima Virgen María… “¡Fiat mihi voluntas tua!” (San Lucas ³:38). 

Hermanos, ¡hay que vaciarse por completo de uno mismo!  ¡Hay que anonadarse totalmente ante el Señor!  ¡Dejarse vaciar por el Poder del Espíritu del Señor y dejarse llenar de Cristo!  ¡Y ahogarse totalmente en Cristo!  ¡Hay que aprender a morir totalmente a uno mismo para dejarse transformar en Cristo Jesús!  Así nuestra oración será escuchada por Dios Padre.  Ahora bien, hermanos, ¿para qué quieren ustedes?  ¿Para qué quiere el católico en general ser escuchado por Dios en la oración?  ¿Para tener dinero?  ¿Para tener casa?  ¿Para que haya paz en el mundo?  ¿De qué vale que haya paz en el mundo si no hay amor a Jesús?  Suena duro esto, pero es cierto: ¿de qué vale que haya paz en el mundo si no hay amor a Jesús?  ¿Por qué no vale?  Sencillamente, queridos hermanos, porque paz sin amor a Jesús es pura hipocresía… La verdadera paz que debemos pedir para el mundo es el conocimiento y el amor y la vivencia en Jesús! 

¡Qué Jesús sea verdaderamente el centro, no solamente el principio y el fin, sino también el centro de la vida de cada cristiano, de la vida de cada ser humano.  Alguien decía por ahí que el católico no tiene que ser proselitista… sí tiene que ser proselitista, porque sólo como católicos podemos salvarnos.  Y si realmente vivimos en Jesús debemos querer y debemos buscar y debemos procurar la cristianización de todo ser humano.  Por eso la mejor oración es “¡Fiat mihi voluntas tua!”… O bien otra, que puede es la oración magnífica: “Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo” (cf. San Mateo 6:9-10) ¡Qué oración más profunda!  ¡Y enseñada nada menos que por Jesús!   Ahí yo no le estoy pidiendo al Señor “dame dinero, dame comida, dame ropa, dame casa, dame salud, o dale salud al prójimo”.  ¡No!  Le estoy pidiendo que su Gloria se realice… Y la Gloria de Dios, en Cristo Jesús por el Poder del Espíritu Santo se realiza cuando la Verdad de Dios se implanta en el corazón de cada ser humano.  Por eso, con María y como María:  “¡Pater noster qui es in caelis: Sanctificetur nomen tuum, adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra!”,  y después de eso:  “¡Fiat mihi voluntas tua!”  Y abandónense totalmente en el Señor… Lo demás vendrá por añadidura.  Amén.


                                                                                          Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.

El Buen Pastor y las Vocaciones Sacerdotales

DOMINGO 2° DESPUÉS DE PASCUA

19 de Abril de 2015
Epístola: I San Pedro 2:21-25;  San Lucas 24:35;
Evangelio:  San Juan 10:11-16

Muy Queridos Hermanos todos en Cristo Jesús:

Una vez más los  Apóstoles San Pablo y San Juan, ambos célibes consagrados al Señor, nos insisten en lo fundamental del Evangelio, el anuncio –“Kérygma”- de Cristo Nuestro Señor como único Salvador del ser humano.  Sólo Cristo ha podido entregarse, y sigue entregándose por el ser humano.

Pero hay algo muy importante en todo esto en lo que debo insistir:  Cristo ciertamente se entrega con absoluta libertad por cada uno y se entrega con absoluta libertad de su parte a cada uno de quienes le aceptan, pero no coacciona a nadie a aceptarle como Salvador, no coacciona a nadie a aceptarle en su propia vida.  Por tanto cada uno de nosotros también debe vivir en un constante, consciente e ininterrupido acto de libre aceptación de Jesús en su propia vida, sin importar momento, lugar o circunstancia en que se esté viviendo.

Y recordemos que aceptar a Jesús en su propia vida implica seguir a Jesús como el único y verdadero Pastor de nuestras almas.  Y para seguirle debemos cargar la cruz…  Siguen al pastor las ovejas que son de su aprisco, no las ajenas.  Pero Jesús es el único verdadero pastor.  Lo cual significa que sólo el rebaño de Jesús es el único rebaño verdadero, su Cuerpo Místico la Iglesia, y ello nos permite reafirmar un punto que tiene íntima relación con el tema que iniciábamos el Domingo de Resurrección: el tema de la Justificación.

Nadie puede justificarse a sí mismo, nadie puede ser justificado por otra persona semejante a sí mismo.  Sólo Jesús puede justificar a quienes le aceptan, sólo Jesús es el Justificador, que cargando sobre sí nuestros pecados en la Cruz, nos purifica de los mismos.  Y sólo en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, hay justificación, sólo en la Iglesia hay salvación.

Ahora bien, ¿cómo nos aplica Jesús su justificación?.  Nos lo recordaba en la tarde del Domingo de su Resurrección, aunque lo leemos a los ocho días el Domingo In Albis, cuando le dio a la Iglesia en la persona de los Apóstoles y sus sucesores el poder de perdonar o retener los pecados:  “A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.” (San Juan 20:23). Pero esa misma justificación se plenifica al participar en el Sacrificio propiciatorio de Jesús que es la Santa Misa:  “El buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas” (San Juan 10:11).

De todo lo anterior hemos de descubrir y profundizar muchas enseñanzas más, insistiendo constantemente en Jesús, que especial y directamente desde la Liturgia, la Eucaristía y la Confesión es Fuente, Centro y Cumbre de la vida y misión de la Iglesia. 

Pero hoy debo centrarme en una de esas enseñanzas:  Ciertamente Jesús es el Único Salvador, y en el Evangelio nos decía:  “Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.”  (San Juan 10:16)  Y antes de ascender a los cielos dijo a los Apóstoles, fundamento de la Iglesia naciente:  “Pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el extremo de la tierra.”  (Hechos 1:8)  Les envió por todo el mundo como pastores para continuar su misión su pastoreo, para atraer a todas esas ovejas que han de ser de su único aprisco.  Ese aprisco por el cual el mismo Jesús, Supremo y Único Pastor, oraba al Padre que se mantuviera unido en ÉL mismo:  “Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que tú me has enviado.”  (San Juan 17:20-21).

Entonces, cada Apóstol y sus Sucesores, el Sumo Pontífice, cada Obispo fiel, cada Sacerdote, somos continuadores del pastoreo de Jesús, somos pastores en y desde el Supremo y Único Pastor, Jesús.  Y aquí debemos sacar varias conclusiones prácticas:

En primer lugar los Sacerdotes debemos ser  no sólo “celebrantes In Persona Christi” cuando celebramos los Sacramentos, sino siempre y en toda circunstancia “Ipsus Christus”, el mismo Cristo, capaces de decir y vivir como San Pablo:  “Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.  Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.”  (Gálatas 2:20), tanto en lo interno de nosotros mismos como también en nuestra propia presentación ante los demás, identificándonos siempre, en todo momento, lugar y circunstancia como Sacerdotes, incluso con el uso constante, perenne de la ropa que nos es propia y exclusiva, el Hábito Talar, conocido más comúnmente como “Sotana”.  Dispuestos a orar intensamente porque en la oración tiene el encuentro diario, íntimo con el Señor a Quien necesita siempre, así como a celebrar los Sacramentos según las rúbricas de siempre para la Gloria del Señor y bien de la Iglesia y de las almas.  Dispuestos a separarnos totalmente, como Jesús, de nuestras familias, para gastarnos por las ovejas, las almas; dispuestos a no perder el tiempo en conversaciones inútiles y según las costumbres del mundo sino capaces de orientar a los fieles según el espíritu de Cristo, el espíritu de las bienaventuranzas, no llevándoles nunca a orientadores paganos ni profanos, sino a los pies del Divino Pastor que a todos espera en el Sagrario y en el Altar; dispuestos incluso a perderlo todo y entregar nuestras propias vidas, como Cristo Buen Pastor, por todas y cada una de las ovejas que nos son encomendadas, con tal de orientarles y llevarles siempre por el camino de la Verdad y la Santidad en Cristo Jesús.
    
Y en segundo lugar lo que les corresponde a Ustedes mismos, como ovejas que son del Buen Pastor, pero también de los correspondientes Pastores de quienes dependen, en varios aspectos que debo señalar: Primeramente Ustedes deben buscar y escoger muy bien su Sacerdote, su pastor, no sea que vayan detrás de un mercenario, -léase sacerdote mal formado y también desorientado, o asalariado que confunde el sacerdocio con una profesión lucrativa, o cobarde que huye ante el peligro de perder un “status quo”, o por falsa obediencia se sujeta a Superiores equívocos-, o de un lobo con piel de oveja que lograría dividir y dispersar el rebaño hacia sectas o grupos paganos y/o ateos.

En tercer  lugar, habiendo encontrado el Sacerdote/Pastor que realmente el Señor quiere para Ustedes, han de obedecerle, aprender y vivir sus enseñanzas, así como unirse con él en esa unión tan anhelada por el Señor mismo, a la que tanto nos referimos en muchas oportunidades, y unirse con él muy especialmente en la celebración de la Santa Misa, dejándose llevar por él en Cristo hasta lo más profundo posible de los Misterios del Dios Uno y Trino, porque el Sacerdote debe dar cuentas a Dios de sus almas.

En cuarto lugar, Ustedes también deben orar tanto por los que ya somos Sacerdotes para que seamos radicalmente fieles a ese compromiso de ser “Ipsus Christus” hasta la Victimación de nuestras vidas, como por las futuras vocaciones para que vivan el gozo de esa experiencia crucificante, transformante, santificante que es responder con generosidad, con humildad, con valentía, con perseverancia al llamado del Señor.  Y sabiendo que tristemente hay Sacerdotes que se han desviado y han abandonado la fidelidad a la vocación, orar intensamente por ellos.  Y si saben o se enteran de algún sacerdote que siempre ha sido infiel, porque posiblemente desde que entró al seminario era ya un lobo con piel de oveja, orar para que el Señor lo aparte totalmente del ministerio sacerdotal, y tenga tiempo de arrepentirse y no sea condenado al infierno.


Y en quinto lugar, ustedes deben colaborar con su Sacerdote/pastor en la promoción vocacional.  Con generosidad dediquen algún tiempo para orientar a los jóvenes en el descubrimiento de lo que realmente Dios quiere y espera de cada uno de ellos.  Y los padres de familia, no tengan miedo ni sean egoístas con Dios, si el Señor llama a uno o varios de sus hijos para el Sacerdocio, más bien ofrézcanlos con gozo, aún desde que están en el seno materno; no hay mayor gozo para padres de familia verdaderamente católicos que el tener entre sus hijos uno o varios Sacerdotes.  No continuemos con el error que hoy se está cometiendo en el “mundo moderno”, lastimosamente materialista por esencia, de orientar a todos los jóvenes de forma casi exclusiva hacia el matrimonio, o el error muy difundido incluso en muchos medios eclesiales de presentar el sacerdocio como una profesión de bien social o cultural, o de líderes comunales y/o políticos, el Sacerdocio no es eso, es lo que anteriormente señalábamos, y que ahora lo repito y sintetizo diciendo que el Sacerdocio es cargar con la Cruz de Cristo.

Y cuando ven que realmente un joven puede tener el llamado del Señor, la vocación para el Sacerdocio, oriéntenlo para que se ponga en manos de un buen Sacerdote que sea su mentor, su “padre sacerdotal”, capaz de llevarle a vivir radicalmente la santidad de esta sublime vocación.

Propongamos con sencillez, con sinceridad, con frecuencia a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes, que ellos mismos oren para descubrir su propia vocación, así como por la vocación de los demás.

Además, recordemos que los semilleros de buenas vocaciones son las familias verdaderamente cristianas, estables, practicantes, santuarios de oración y de acendradas virtudes cristianas, y que unidas vivan al menos todos los Domingos como debe ser, cuyo momento primordial sea la Santa Misa de siempre, familias cuyo centro sea realmente Jesús mismo, familias que con gusto y constancia participan en la vida de la Iglesia, colaborando según les corresponde en la acción litúrgica y pastoral de la misma, familias que viviendo en fe y rechazando la cultura de la muerte tienen la experiencia gozosa de defender y promover el derecho a la vida exclusivo de Dios.

Y finalmente, no duden en colaborar incluso económicamente en la promoción de las vocaciones sacerdotales:  como sabemos, los estudios, la preparación para el sacerdocio es larga, profunda, amplia, seria, y con frecuencia debemos pensar en Seminarios lejanos a los lugares de procedencia de los candidatos, la mayoría de los cuales provienen de familias dignas sencillas, que no tienen suficientes recursos económicos, y por ello muchas veces se pierden vocaciones.  Y si saben de necesidades de orden económico por parte incluso de Sacerdotes ya ordenados, no duden en ayudarles.

Muy queridos hermanos, si queremos que Jesús ocupe el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia y también en la vida de la sociedad en general, fortalezcamos nuestra propia vivencia en Jesús, único Justificador, único Salvador, único Señor absoluto y Universal, promovamos su Reino en el espacio y el tiempo hacia la eternidad.  Y promovamos urgente y abundantemente las vocaciones sacerdotales, ya que es Jesús quien llama “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (San Mateo 4:19), “porque son muchos los llamados y pocos los escogidos”  (San Mateo 20:16; 22:14), y teniendo en cuenta que la actual crisis vocacional no es sólo de cantidad, sino también de fidelidad, sería pecado de omisión el no trabajar, con oración y promoción, por las vocaciones. Pero vocaciones fieles en la Doctrina, fieles en la Moral, fieles en la Liturgia, radicales y valientes en el amor exclusivo a Jesús en el seno de la Iglesia Católica, dispuestos a desgastarse e incluso a vivir la Victimación, hasta el martirio, por el reino de Cristo y la salvación de las almas.

Hermanos, sabemos cómo está la mayoría de los católicos hoy en todo el mundo.  Sabemos que en general la Fe no se vive como debiera ser.  Sabemos que se está dando una gran desorientación doctrinal, moral, litúrgica, en una gran cantidad de católicos.  Muchos viven en la ignorancia, en la indiferencia, en el desamor hacia Jesús, grandes sectores de la Iglesia van en direcciones equivocadas, incluso viven y actúan como simples “ONGs”  (organizaciones no gubenamentales) que sólo se preocupan por las necesidades temporales, sociales, económicas, políticas, o por conceptos de tipo filosófico-sociales, como la preocupación casi exclusiva, primordial, por la paz y la justicia.  Y se deja de lado o en un lugar secundario a Jesús, a quien incluso se le presenta como un simple líder incluso religioso al lado de falsos profetas y falsos dioses…  La verdadera misión de la Iglesia se desconoce o se rechaza o se mal interpreta.  Por eso termino citando el Evangelio mismo:

“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.  Entonces dice a sus discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos.  Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.”  (San Mateo 9:36-38)


Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.

Sólo por Jesús se llega a la Misericordia de Dios

DOMINICA IN ALBIS
OCTAVA DE PASCUA

12 de Abril de 2015
Epístola:  I San Juan 5:4-10;
Evangelio: San Juan 20:19-31

Muy Queridos hermanos todos en Cristo Jesús:

El Sábado Santo, en la Misa de la Vigilia de Pascua de Resurrección, el Apóstol San Pablo nos insistía que si habíamos resucitado con Cristo buscásemos las cosas de arriba, o sea la vida en Dios. (Cf. Colosenses 3:1-4)  Y hoy es el Apóstol San Pedro quien  en el Introito de esta Misa que desde hace mucho tiempo es conocida como “Misa Quasi modo”, nos dice que como niños recién nacidos, “Quasi modo geniti infantes, rationabile, sine dolo lac concupiscite”  (I Pedro 2:2) pero con uso de razón y sin engaño busquemos la leche espiritual, o sea una verdadera vida en Dios, pero bien fundamentada.  Y  San Juan nos insiste en lo mismo, aunque con otras expresiones, igualmente profundas y vivenciales.  Nos dice que:
“Todo lo que nace de Dios, vence al mundo, y lo que nos hace alcanzar victoria sobre el mundo es nuestra fe”  (I Juan 5:4).

Vivir la fe.  ¿Cuántas veces lo hemos dicho aquí, hermanos? Ciertamente muchas, y lo seguiremos diciendo cuantas veces sea necesario:  Vivir la fe,  ¿qué es vivir la fe?  Es tener la experiencia vivencial de Jesús.  Pero no del Jesús falso, tolerante con el pecado, que hoy con tanta frecuencia nos presenta el mundo, incluso infiltrado en la vida de la Iglesia… Es la experiencia vivencial de Jesús Crucificado y Resucitado, como la tuvieron los Apóstoles, que incluso como Tomás tuvieron la posibilidad de tocarle, de meter la mano en su Corazón herido y traspasado por la lanza.  Tuvieron la oportunidad de verle, de contemplarle, de escucharle durante su Pasión y Crucifixión, así como en las diversas apariciones posteriores a su Resurrección.  Pero ¿cómo fueron esas apariciones?  ¿Ante las multitudes, en público?  ¿En un baile o en una reunión politiquera? ¿Con el ruido satánico del rock?  No, sino que, primero desde la Cruz y luego a partir de la Resurrección,  fueron en la privacidad, en la intimidad del Sepulcro vacío, del Cenáculo, de la orilla del lago después de la pesca infructuosa que por la palabra de Jesús mismo se convierte en milagrosa.  Oportunidad de abrir su entendimiento a la Luz del Espíritu para ahora sí poder entender todo lo que ÉL les había enseñado durante los años anteriores a la Pasión, y les estuvo iluminando en esos días de Pascua…

Hermanos muy queridos, hoy, teniendo en cuenta las circunstancias que estamos viviendo a nivel de Iglesia en Costa Rica y en todo el mundo, debo insistir en esto. Imitando dos actitudes de Tomás, primeramente que no se dejó llevar de primer momento por lo que le contaban los demás apóstoles hoy no podemos dejarnos llevar por todo viento de doctrina que nos llegue, no podemos mantenernos en las doctrinas complacientes que se nos han comunicado en estos últimos lustros de historia:
“Os recomiendo, hermanos, que estéis atentos a los que producen divisiones y escándalos al margen de la doctrina que habéis aprendido y que os apartéis de ellos, porque ésos no sirven a nuestro Señor Cristo, sino a su vientre, y con discursos y lisonjas seducen los corazones de los incautos.” (Romanos 16:17). 

Si queremos tener la verdadera experiencia de Jesús, como niños recién nacidos y con uso de razón, debemos investigar, debemos formarnos en Doctrina, en Moral, en Liturgia, en espiritualidad.  Pero en las únicas fuentes, que son aquellas que están en consonancia con el Depósito de la Fe que desde un principio el Señor le dejo a su Cuerpo Místico la Iglesia bajo la responsabilidad de los Apóstoles y sus sucesores fieles a ese Depósito de Fe. 

Y refiriéndome a la segunda actitud de Tomás, que al tener la posibilidad de tocar al Crucificado – Resucitado experimenta el fortalecimiento de esa fe viva, hoy debo insistir en cuanto a la vivencia de la Fe desde el campo de la Espiritualidad.  ¿Por qué?  Porque como a Tomás, también a nosotros ha de sucedernos lo que a este Apóstol: hemos de acrecentar y fortalecer nuestra fe, buscando el contacto íntimo con el Señor, no sólo tocando su Corazón, sino metiéndonos en él, sumergiéndonos en él, viviendo en él, no viviendo para el mundo ni según sus costumbres, lenguajes, diversiones mundanas y sin sentido, sino, perdonen si lo repito insistentemente, sumergiéndonos en ÉL, viviendo en ÉL y para ÉL.

Y ¿cómo sumergirnos, cómo vivir en ÉL?  Les quiero recordar hoy cinco maneras de lograrlo: 
. Acercándonos con frecuencia al Sacramento de la Justicia y Misericordia del Señor como es la Confesión, para que aplicándosenos el perdón de Jesús por el ministerio del Sacerdote: “Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes les perdonéis; y quedan retenidos a los que se los retengáis.” (Juan 20:23).

. Viviendo con la mayor frecuencia posible su Sacrificio en el Altar, haciéndonos uno en ÉL para presentarnos en ÉL como “hostias agradables ante el Padre Celestial” (cf. Rom 12:1)  

. Comiendo y bebiendo su Cuerpo y su Sangre con la mayor frecuencia posible:  “El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él”  (Juan 6:56)

. Visitándole frecuente e íntimamente en su soledad del Sagrario:  “El oprobio me destroza el corazón y desfallezco; esperé que alguien se compadeciese, y no hubo nadie; alguien que me consolase, y no lo hallé” (Salmo 68:21)

. Y tratando de mantener esa unión mística con ÉL de la manera más constante posible, cumpliendo su anhelo: 
“Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como nosotros”  (Juan 17:11)
 manteniéndonos unidos en la verdad doctrinal, viviendo la moral que no es la de cada uno sino la única que Dios y sólo Dios ha infundido en todo corazón humano, celebrando y participando de la única Liturgia, la que viene desde los Apóstoles, y viviendo una profunda Espiritualidad, fortalecida, por ejemplo con el uso constante de las jaculatorias, entre las cuales hoy les puedo sugerir estas:
“¡Señor mío y Dios mío!”  (Juan 20:28)
“¡Adorado y desagraviado sea Jesús Hostia, ahora y siempre, aquí y en todo lugar!”, y
“¡Jesús, me sumerjo en tu Corazón!”
repetidas cuantas veces sea posible, desde lo íntimo del corazón, en todo momento, lugar y circunstancia. De esa manera, viviendo en profundidad esos cuatro aspectos básicos de una verdadera vida cristiana, podremos escuchar y aplicarnos esa importante afirmación del Señor: 
“Bienaventurados los que,  sin haber visto, han creído” (Juan 20:29).

Así, muy queridos hermanos, bien formados en todo sentido y viviendo realmente en Jesús, podremos hacer frente a una realidad que ciertamente no es fácil en este momento histórico para el verdadero cristiano.  Vivimos en un momento de confusión doctrinal, de tolerancia y/o promoción de la inmoralidad en la vida personal y matrimonial, de Santas Misas mal celebradas, de Confesiones sin las condiciones necesarias por parte del penitente o mal administradas por el Sacerdote, de devociones  convertidas en actos de hechicería y/o vividas en situación de pecado, de un espiritualismo egoísta y falto de compromiso, de una sociedad alejada del Señor en lo educativo, en lo cultural, en lo artístico, en lo económico, en lo político.  Y sólo con Cristianos bien formados, fuertemente arraigados en la “experiencia viva y constante de Jesús” se podrá hacer frente a todo eso, cambiándolo hacia el establecimiento del Reinado de Cristo en el corazón del ser humano, en la familia, en la sociedad, en el tiempo para la Eternidad. 

“¡Jesús, en Ti creo, en Ti vivo, por Ti me entrego!”


Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.

!!!Exultemus in Eis... Venite et videte locum ubi est!!! !Altare et Tabernaculum!

PASCUA DE RESURRECCIÓN 




Domingo 5 de Abril 2015

Salmo 117: 24, 1;
I Corintios 5: 7 ;  San Marcos 16: 1-7

Muy queridos hermanos en Cristo Víctima Perpetua:

En primer lugar, habiendo vivido intensamente centrados, sumergidos  en el Misterio Salvífico del mismo Cristo toda esta Semana Santa que hoy culmina, y experimentando el Poder de su Cruz y su Resurrección, felicidades para todos.  Gloria y alabanza para el Señor Crucificado y Resucitado.  Aleluya, Aleluya.

Anoche, en la Vigilia Pascual, con ocasión de vivir la Vigilia en espera de la Resurrección del Señor, que luego se experimentó en la Solemne Misa de la misma Vigilia, iniciamos un tema que es sumamente importante, profundo, y al mismo tiempo muy delicado, y que puede tener frutos muy buenos, pero al mismo tiempo consecuencias peligrosas si no se entiende correctamente.  Por ello continuaré con dicho tema.  Decíamos anoche:

Viviendo las dos realidades inseparables de la Cruz y la Resurrección, considero absolutamente necesario que todos seamos conscientes de un asunto doctrinal y pastoral que hemos de conocer, comprender y vivir correctamente, ya que hoy día debido a las corrientes materialistas que abundan en todo el mundo y se han infiltrado fuertemente en muchos sectores de la Iglesia se presta a confusiones muy serias.  Me refiero a algo que ya fue tratado incluso por los Apóstoles, especialmente Santiago y San Pablo, en sus Epístolas en el Nuevo Testamento, y es un asunto tan profundo que posiblemente tendremos que dedicarle algún tiempo, para el bien de todos.  Se trata de la Doctrina sobre la Justificación en Cristo.  Y en esta oportunidad lo voy a iniciar muy brevemente.

Hemos venido insistiendo en los últimos tiempos constantemente sobre la realidad de que sólo en Cristo Crucificado hay salvación.  Y ello es una verdad que me permito calificar de primordial, central.  Pero, repito, ha sido un problema desde los inicios de la Iglesia, que después se agravó a partir de los errores enseñados por Martín Lutero y sus seguidores.  Y que hoy se han agudizado incluso en el seno mismo de la Iglesia debido a la influencia tanto de dichos seguidores como de los sociólogos de la liberación, de la masonería y del comunismo.

Y de entre esos errores podríamos citar dos afirmaciones por supuesto equivocadas:  “Como Cristo ya murió y resucitó ya todos sin excepción estamos salvados, no debemos sacrificarnos”, o bien otra contraria “La pasión y muerte en Cruz de Cristo no tiene poder salvador, cada quien debe salvarse personalmente”.

En la Iglesia que peregrina en el tiempo pero trasciende el tiempo debemos insistir una y otra vez en esta doctrina importantísima de la salvación en Cristo, pero completa, bien entendida y aplicada, ya que de lo contrario puede caerse en errores como el “quietismo” que consiste en pensar por ejemplo que como sólo en Jesús hay salvación ya estamos todos salvados, ya no es necesario ningún esfuerzo y se puede vivir alegremente según el mundo.  Ya lo advierte San Pablo en la primera lectura  de su carta a los Colosenses al decirnos  “porque moristeis y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”  (Colosense 3:3)  Y es Jesús mismo quien rechaza estos errores cuando afirma clarísimamente que el camino de salvación es estrecho, o cuando declara que hemos de llevar nuestra cruz… pero añade algo importantísimo:  “siguiéndole a ÉL”…  O sea que para que nuestras cruces tengan valor de salvación debemos “vivir en Cristo”

Hemos de vivir el espíritu de las bienaventuranzas contra los criterios del mundo, hemos de vivir no sólo las virtudes humanas sino las cristianas que nos son infundidas en el Bautismo y se aclaran, se purifican y fortalecen con los demás Sacramentos, muy especialmente la Eucaristía “Presencia, Sacrificio Actual, Alimento de Vida Eterna” y con el esfuerzo de la perenne formación, e insisto, viviendo con y como María Santísima, Nuestra Señora del Fiat, en la Oscura Luminosidad de la Voluntad Santísima del Padre, nuestras propias cruces a la Cruz Salvadora de Cristo.  Y tengan en cuenta que acabo de mencionar precisamente los dos Sacramentos que se viven en esta noche de profunda vida eclesial:  el Bautismo y la Eucaristía.”

Hasta aquí lo que decíamos anoche.  Ahora añado otro error muy común, consciente o inconscientemente, en la vida y el hablar de muchísimos cristianos incluso de buena fe pero poca formación doctrinal:  me refiero a la forma en que se trata a Jesús, como si ÉL fuera en estos momentos históricos un simple sirviente del ser humano, a quien entonces se pone en el centro de la historia.  Jesús ciertamente vino no a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate de muchos, pero…

…Hermanos, ¡Jesús, con el servicio cruento que no sólo dio, sino que sigue dando en su Sacrificio Actual en la Santa Misa, ¡nos ha comprado a precio de sangre!  Por tanto, nosotros ¡somos suyos! Pero no como sirvientes, sino como miembros de su Cuerpo Místico, en ÉL hijos, herederos, coherederos del Reino del Padre Celestial.  Por tanto el trato que debemos darle a Jesús ya no puede ser como si ÉL fuera nuestro sirviente, sino como SEÑOR.  ÉL es Nuestro Salvador, Nuestro Señor.


Como fruto de lo anterior, hemos de ser humildes, primero adorando al Señor Presente en la Eucaristía.  Pero también respetándole siempre en todo lugar y circunstancia por encima de todos y de todo.  Respetando nuestro cuerpo, manteniendo y colaborando con la limpieza en todas partes, especialmente en los Templos, que no son comercios ni salones de fiestas y/o bailes… Al Señor se le respeta donde quiera que esté en todo momento y circunstancia.  Como María Santísima hemos de decir:  “Ecce Ancilla Domini”  “He aquí la Esclava del Señor”… “Fiat mihi Voluntas Tus”  “Hágase en mí según tu Voluntad”…

Hermanos, por ello, al culminar la Semana Santa y volver a las actividades ordinarias de la vida tanto a nivel familiar como social y profesional, no nos dejemos apartar de Cristo Crucificado y Resucitado, sino que al contrario, intensificando, protegiendo, fortaleciendo nuestra “vida en ÉL” dispongámonos a esforzarnos por vivir las virtudes cristianas, las teologales de Fe, Esperanza y Caridad, las Cardinales de Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, y todas las derivadas de estas siete.  Viviéndolas y transmitiéndolas sobre todo a los más pequeños, a los adolescentes, a los jóvenes, para que en el futuro tengamos el gozo de muchos más santos según el Corazón Traspasado de Nuestro Señor Jesucristo.  Así, tanto en lo personal como en lo eclesial, contribuiremos al establecimiento de su Reinado en la Iglesia y el mundo ya desde ahora.  Así sea.


Pbro. José Pablo de Jesús, o.c.e.