La Transfiguración del Señor

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

I Tesalonicenses  4: 1-7;  Salmo 24: 17-18; 
Salmo 105: 1-4;  San Mateo 17: 1-9

16 de Marzo de 2014




Muy queridos hermanos todos en el Señor Jesús:

Voy a retomar lo que podríamos considerar la idea central del Domingo anterior:  En el Amor somos poderosos, si somos capaces de amar real, concreta, constante, radicalmente a Jesús Hostia, somos poderosos.  El domingo anterior cuando decía esta expresión recuerdo un ejemplo, que no cité y que nos lo pone la tradición de la Iglesia, cuando se llama a María Santísima la omnipotente en la súplica, María en su oración es poderosa, pero ¿por qué?,¿ por qué a María Santísima la Tradición de la Iglesia la llama poderosa en su oración?, precisamente porque María amó y ama a Jesús Hostia.

Pero yo creo que es conveniente hoy por el pasaje del Evangelio de la Transfiguración del Señor, volver a insistir y a profundizar todavía más en dos de los medios que también señalábamos el domingo anterior.  ¿Qué fue lo que en realidad pudieron tener Pedro, Santiago y Juan durante la transfiguración del Señor?   Podríamos llamarlo un éxtasis, ya ellos iban creciendo  no habían llegado a la madurez en el amor, pero iban creciendo en el amor a Cristo, por algo los escogió, para ese evento, iban creciendo en el amor al Señor, y por tanto el Señor les permitió entrar en ese éxtasis, y ¿a qué se le llama en una auténtica espiritualidad cristiana, éxtasis?,  muchos piensan que necesariamente tiene que haber una elevación física del cuerpo de quien entra en éxtasis, y no es necesario la elevación física del cuerpo, lo que si es necesario en un éxtasis, es esa plena unión con el Señor, esa experiencia de la Presencia de Cristo, que es precisamente uno de los puntos en que  insistió  tanto Su Santidad Benedicto XVI desde el inicio de su fructífero Pontificado. 

Pero muy especialmente para este “Año de la adoración y el desagravio”, para este “Año de la Hostificación”  que estamos viviendo, les estoy invitando a que nosotros también tengamos esa experiencia del éxtasis en nuestra oración, recordemos lo que hemos dicho repetidamente que no es solamente pedir y pedir, sino que es contemplar a Cristo en cuya Presencia Sacramental se está.  Por supuesto, ¿quién puede llegar a experimentar eso en un crecimiento continuo?, ¿quién puede llegar a experimentarlo?... Lo puede experimentar quien de verdad vive la Eucaristía, aquel que no llega a la  Eucaristía solamente a pedir y pedir favores, sino aquel que llega a la Eucaristía, con aquella actitud de humildad y de adoración que experimentaron esos tres apóstoles durante la Transfiguración del Señor, cuando durante la misma se manifestó la voz del Padre Celestial, la Presencia y la Voz del Padre Celestial que les decía:  Este es mi Hijo amado en quien tengo todas mis complacencias, a El debéis escuchar, ¡a El debéis escuchar!, no dijo a El debéis pedirle, ni dijo a El debéis hablarle, sino que dijo a El debéis escuchar .

Queridos hermanos:   ¿a qué llegamos nosotros en nuestra oración, llegamos a convertirla en un rezo de boca para afuera, o a abrir por completo nuestro corazón, nuestra mente, nuestra voluntad,  nuestros afectos a la acción de Dios, a la acción de Cristo, llegamos a nuestra oración abiertos, dispuestos a que el Señor nos tome por completo en sí mismo y nos transforme en sí mismo?, eso debe ser la oración.  Por eso también nos decía Pablo en su Primera  carta a los Tesalonicenses,  que esa es la Voluntad de Dios:  nuestra santificación,  y la santificación de un ser humano no es más que una progresiva transformación eucarística, hostificante, en Cristo, y una progresiva transformación hostificante en Cristo por la oración, por la adoración, por el desagravio, por la unión con Cristo Hostia.

Pero queridos hermanos, si esta oración es auténticamente así tiene que tener una proyección necesaria  a las veinticuatros horas del día, por eso  cuando damos el curso sobre el método de oración decimos e insistimos que nuestra oración no debe ser ni a medio día, ni a media mañana, ni en la tarde, ni en la noche, sino que nuestra oración debe ser en horas de la madrugada, para que todo el día esté sumergido, no solamente inundado, sumergido en Cristo Jesús y que entonces nuestra relación con Cristo no tenga interrupción, eso debe llegar a ser la vida de un auténtico cristiano, por eso en su oración sacerdotal el Señor dijo aquello:  “están en el mundo pero no son del mundo”  (Cf. Jn. 17: 14-16).  

Por eso a los que realmente llegan a tener esa experiencia ya no les interesan las cosas del mundo, por eso a los que llegan a tener esa experiencia profunda, íntima de transformación en Cristo, ya no les interesa la fornicación, ya no les interesa la gula en carnes y licores,  ya no les interesa la pereza, sino que son diligentes, ya no les interesa el egoísmo  de pensar solamente en el grupito más inmediato que les rodea, ya no les interesa sólo el bienestar de su propia familia, o de sus amistades más inmediatas, sino que se interesan por la conversión y la santificación de toda la Iglesia y de toda la humanidad, porque al irse transformando en Cristo Jesús, van viviendo el mismo amor de Cristo Hostia, y ¿cuál fue la consecuencia de que Cristo Hostia fuera el mismo amor en persona?:   Fue única pero doble, primero llegó la Cruz y segundo esa Cruz la perpetua en su victimación en la Eucaristía, por puro amor Cristo se dejó crucificar, por puro amor Cristo se deja hostificar, por puro amor Cristo obedece y extiende sus manos y piernas para que le crucifiquen, por puro amor Cristo obedece a los Sacerdotes cuando pronunciamos sus Palabras en la Eucaristía.  

Y vemos que lo que viven en el mundo no es amor, es soberbia, orgullo, egoísmo, gula, pereza, lujuria, envidia, lo que viven en el mundo aunque dieran todo su dinero en limosna, y aunque entreguen su vida en la politiquería,  es puro egoísmo, en cambio el que se olvida de sí mismo y llega  por ejemplo a ocultarse para llevar una vida auténtica de adoración, de servicio a Jesús,  ese está viviendo el Amor verdadero, un ejemplo maravilloso lo tenemos en este momento en la persona de Benedicto XVI:  renunció al pontificado, no para llevar una vida tranquila, porque si él hubiera renunciado para llevar una vida tranquila sencillamente se va a Alemania, a vivir allá con su hermano, y no, renuncia al Pontificado y ¿qué hace?:  se dedica a la adoración, continua trabajando, doblando sus rodillas ante Dios por toda la Iglesia, y ¡cuántos católicos  prefieren mantenerse en su tranquilidad pecaminosa, egoísta, cobarde, indiferente en lo que se refiere a Jesús Hostia y no aprenden a vivir el amor como lo vivió y lo sigue viviendo Cristo Hostia en su Cruz que se perpetua en su Victimación Eucarística.

Queridos hermanos, fomentemos nosotros la oración de contemplación, de adoración, de desagravio, de hostificación;  no tengamos miedo de llegar a ese éxtasis de hostificarnos para Cristo durante  nuestra vida, de servir a Cristo Hostia en la Cruz, en el Altar, en el Sagrario.   El mundo pretende llenarnos de actividades sociales, de actividades profesionales, de actividades filantrópicas, de actividades de todo tipo, para impedirnos esa unión con Cristo, no le hagamos caso al mundo, trabajemos por nuestra santificación orando, contemplando a Cristo, adorando a Cristo, hostificando nuestra vida y todos nuestros ambientes . 

¿Cuál fue la actitud de los Apóstoles cuando vieron aquella luz que les inundó y aquella voz que escucharon durante la Transfiguración del Señor?   ¿Cuál fue su actitud?:   postrarse en tierra, y ¡cuántos católicos hoy con soberbia y orgullo pretenden recibir a Cristo de pie y en la mano!,   cuando se le debe recibir con humildad y adoración de rodillas y en la boca.  ¡Cuántos católicos hoy día ni siquiera hacen la genuflexión al entrar a la iglesia y llegar o pasar frente al Sagrario, y no se arrodillan durante la consagración!  ¡Cuántos católicos son ignorantes en todo lo que se refiere a Jesús Hostia!  ¡Cuán pocos son los católicos que saben lo que es vivir la visita a Jesús Hostia!  ¡Cuán pocos los que saben cómo vivir de verdad la Santa Misa!

Queridos hermanos, lleguemos a postrarnos ante el Señor… ¡hay católicos que me preguntan que si pueden hacer la oración acostados!,   “¡viera que bien que me siento!”,  sí, ¡qué bien que te sientes!,  mientras Cristo  Hostia sigue victimándose…  Póstrate de rodillas para hacer tu oración y vas a experimentar de verdad que eres envuelto, inundado y sumergido en la realidad del Dios Uno y Trino, del Dios que es la Verdad, del Dios que es el Amor.

Y todo lo anterior tiene su culmen en la Liturgia.   Vivir la Liturgia, unir la adoración con la Liturgia, si los católicos pudieran descubrir el fundamento que puede tener su misma oración personal, su oración de contemplación, llamémosle también su oración de éxtasis ante el Señor, su hostificación  en la Liturgia, en los sentimientos humano divinos de Cristo N.S. que se reflejan, que se manifiestan, que se revelan al ser humano en los salmos… La Liturgia está repleta de salmos, que expresan no sólo los sentimientos del ser humano, sino también del Dios hecho Hombre, del Dios Hombre Hostia que manifiesta a través de los salmos sus sentimientos, sentimientos de amor, sentimientos de sumisión, sentimientos de entrega, sentimientos de autenticidad, sentimientos de victimación. 

Queridos hermanos, descubramos los sentimientos de Cristo Hostia en los salmos cuando recemos la Liturgia de las Horas o el Breviario, descubramos los sentimientos de Jesús Hostia cuando participamos en la Santa Misa, cuando participamos en la  celebración de cualquier Sacramento, en la celebración del Sacramento de la Reconciliación y por supuesto, insisto,  cada vez que participamos  en la Santa Misa.  Queridos hermanos no busquemos nuestros propios sentimientos mientras se celebra el Santo Sacrificio, busquemos los sentimientos de Cristo Hostia, no lleguemos a la Misa a presentar lo que nosotros queremos, lleguemos a la Misa para adorar al Señor, para contemplar al Señor, para unirnos en su Sacrificio, para unirnos a su Victimación y en El hacernos victimas de amor, hostias de amor, eucaristía de amor, sumergidos, ahogados, en la verdad del Dios Uno y Trino. 

Vivamos la Misa de cada día, como un momento de total sumergimiento  en el océano infinito del Misterio de Dios que no se comprende pero sí se vive, pobrecitos los soberbios que tratan de entender la Misa, dichosos los humildes que aceptan que no la comprenderán jamás pero que si se pueden sumergir en el Misterio del Amor y la Verdad de Dios.  Para eso es esta Cuaresma.  Vivámosla así para que toda nuestra vida después de esta Cuaresma sea un total vivir en Cristo Hostia, un vivir y un sentir en Cristo Hostia,  un sufrir en Cristo Hostia, un alegrarse en Cristo Hostia, sin preocuparnos de las cosas del mundo sino que haciendo lo que nos corresponda durante esta vida en la perfección que viven los humildes que se atreven  a vivir el éxtasis en Cristo Hostia, con Cristo Hostia, por Cristo Hostia,  en Iglesia y con la Iglesia para dar testimonio de Cristo Hostia ante el mundo.  Así sea.

“Ofreced vuestros cuerpos como Hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación  de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta.”  (cf. Rom. 12: 1-2)



Pbro. José Pablo de Jesús Tamayo Rodríguez, o.c.e.